EEUU

Estados Unidos, otrora modelo a imitar por su capacidad de respuesta ante las crisis, es hoy un ejemplo de qué es lo que no se debe hacer. Sería fácil culpar solo a Trump por la evidente falta de criterio al no tomar en serio los reportes que advertían que de no controlar la pandemia se producirían entre 1 y 2 millones de posibles muertes en Estados Unidos.  Pero lo cierto es que Trump lamentablemente es otro síntoma de los problemas del sistema estadounidense, un sistema donde la descentralización y el libre mercado son ahora armas de doble filo:  como es una federación, aquellos estados donde los gobernadores han tomado medidas más drásticas hay menos contagios y muertos, pero en aquellos donde se demoraron la situación está descontrolada. Como los presupuestos son estatales, cada gobernador tiene que competir con los otros por comprar respiradores, implementos de protección, etc.  Y esto en un país que tiene la capacidad económica de quitarle a Francia un cargamento de mascarillas porque simplemente pueden ofrecer más por ellas, y ofrecer mil millones a farmacéuticas alemanas para que se trasladen a su territorio. Su falta de medidas oportunas la pueden remediar con dinero. 

La gran pregunta es por qué se produjo esta situación. Bueno, la respuesta sencilla es el sector privado es tan influyente que, a pesar de que el primer caso se reportó el 20 de enero, fue recién el 31 de enero que, como gran cosa, se cerró la frontera a los vuelos desde China y durante todo febrero no se tomaron más medidas. Trump se dedicó públicamente a minimizar el riesgo comparándolo con la influenza, un virus con una tasa de mortalidad más de diez veces menor que el covid-19.  No había tests porque prefirieron desarrollar un test propio, “hecho en América”, el cual luego se comprobó daba resultados no concluyentes. Limitaron los supuestos en los que se podía solicitar la prueba: “ser americano, mayor de 65 años y tener los síntomas, ir al doctor y que sea el doctor quien prescriba que se tome la prueba”.  No tuvieron la precaución de cerrar las fronteras entre estados y recién el 13 de marzo se declaró estado de emergencia nacional. Hoy hay 14, 240 muertes y cerca de medio millón de casos confirmados, porque obviamente, no en todas partes hay pruebas, no todos tienen síntomas, y no todos pueden pagar los 150 dólares que algunos hospitales privados vienen cobrando por tomar la prueba. 

Pero lamentablemente la presión no solo ha impedido la toma oportuna de medidas, sino que pretende la “vuelta a la normalidad en el menor tiempo posible” bajo el discurso de “no podemos sacrificar la economía solo para evitar que mueran algunos ancianos”. Por supuesto, la pandemia ha puesto a la baja el precio de la gasolina, y ha producido en todos los países despidos masivos, haciendo que las solicitudes de seguro por desempleo allá suban en un mes a más de 3000%. Pero otro aspecto fue la poca seriedad con la que la población joven tomó las medidas. Muchos universitarios se fueron de vacaciones a las playas de Florida y de México. Incluso se habla de “fiestas de coronavirus”. Ya de por sí es una muestra de egoísmo pensar que, como se está en menos riesgo, no es necesario tomar medidas para protegerse, a pesar de saber que se puede contagiar a otros que sí tienen más riesgo. En un giro inesperado, recientemente se ha observado un incremento en casos de personas jóvenes perfectamente sanas que fallecen debido a esta pandemia. Y si bien es un misterio la causa, ahora se habla de factores tales como a qué cantidad del virus uno estuvo expuesto e incluso la posibilidad de que la respuesta a por qué algunos no tienen síntomas mientras otros fallecen dependa de la lotería genética. 

En esta hora se refleja más que nunca una verdad que muy fácilmente se nos olvida: el Estado somos todos, sin distinciones. Frente a un enemigo invisible y microscópico son las medidas individuales (como son aislarse, usar máscaras ya sea caseras o industriales, lavarse las manos, desinfectar todo lo que uno compre) la mejor forma de evitar la propagación del virus. No importa cuántos respiradores tenga un país, si cada uno no toma estas medidas, está visto que no hay sistema de salud pública que aguante. Esta es la primera gran epidemia del siglo XXI, y nos está llevando a cuestionar grandes paradigmas tales como las ventajas de la descentralización y los peligros de tomar a la política como un juego: dejemos de buscar mesías y empecemos a reforzar las instituciones. 

En la realidad nacional hay dos problemas públicos, como otra alumna de Ciencia Política, Emilia Concha Appel apuntaba en una de nuestras clases virtuales. Uno es, por supuesto, la pandemia. Otro, la falta de recursos del sistema de salud pública. Esto ilustra bien la diferencia entre problemas urgentes y problemas importantes. Siempre fue importante mejorar el sistema de salud, pero ahora también es urgente. Tomar medidas a corto plazo, como ha sido el cierre de fronteras y el aislamiento social obligatorio, es la única forma de contener al virus. Más allá del número de contagiados, estas medidas drásticas son absolutamente necesarias, porque si se retiran, todas las personas contagiadas que lo saben y aquellas que no lo saben, salen a la calle y … Imagine usted si con todas las restricciones de movimiento que hay, tantas personas siguen incumpliendo el toque de queda, y a sabiendas de lo contagioso y peligroso que es el virus, salen sin tomar precauciones básicas como son cubrirse el rostro (en mi caso improvisé una máscara con una botella de plástico cortada y una cuerda de lana, aunque tengo otro modelo con una bolsa trasparente) entonces, ¿qué sería de nosotros sin estas medidas? 

A largo plazo, creo que la pandemia ha hecho patente la necesidad de fortalecer el sistema de nacional de planeamiento estratégico. Porque entre las cosas que tienen que cambiar no solo está el sistema de salud, sino también las competencias que se dan a los gobiernos regionales, reducir la informalidad, modernizar la legislación laboral, cambiar la forma en que nos movilizamos en la ciudad, promover el cultivo de alimentos en casa, ampliar las redes de servicio, asegurar que cada peruano dedique un porcentaje de sus ingresos a un fondo de emergencias, entre otros. Por ahora está claro que es necesario modernizar los hospitales que tenemos, implementar nuevos, comprar nuevos equipos, aumentar la capacidad de las salas de cuidados intensivos, la cantidad de respiradores disponibles. Pero todo esto de forma integrada con otras medidas, como son duplicar la capacidad de las facultades de medicina, enfermería, obstetricia, a fin de que haya suficientes profesionales de la salud disponibles para cubrir las nuevas vacantes. Ofrecer incentivos para el retorno de profesionales altamente capacitados, y dar becas de capacitación a aquellos que ya se encuentran ejerciendo la función docente. Esto sin contar con el obvio potencial de los profesionales extranjeros que están listos para ejercer tanto en el sector público como privado. Más hospitales, más personal, mejores equipos. Todo esto cuesta, por supuesto y sería hipócrita pedirlo sin un compromiso de nuestra parte. Gracias a Dios había recursos con los cuales hacer frente a la crisis, pero también es cierto que ahora nos pasa factura la informalidad. Los subsidios han sido necesarios, pero esos recursos debemos reponerlos, y la única forma en que podremos recuperarnos es cumpliendo con el pago de nuestros impuestos y evaluando más críticamente cuáles son nuestras prioridades como país y como región. Porque si algo nos ha dejado claro esta pandemia es que el problema de unos es el problema de todos. 

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